
“La radio de Paiwas nación en el centro de Nicaragua, en vísperas del siglo veintiuno.
El programas de más audiencia ocupa las madrugadas. “La Bruja mensajera” acompaña a miles de mujeres y mete miedo a miles de hombres.
A las mujeres, la bruja les presenta amigos desconocidos, como ese tal Papanicolau y esa señora Constitución, y les habla de sus derechos, cero violencia en la calle, en la casa y también en la cama, y les pregunta:
- ¿Cómo les fue anoche? ¿cómo las trataron? ¿estuvieron placenteras o fue a la fuercecita?
Y a los hombres, los denuncia con nombre y apellido cuando violan o golpean a las mujeres. En las noches, la bruja va de casa en casa, a vuelo de escoba; y en las madrugadas acaricia su bola de cristal y ante el micrófono adivina secretos:
- ¿Anjá? Por ahí estás, por ahí te veo. Apaleando a tu mujer. ¡Que bárbaro, jodido!
La radio recibe y difunde las denuncias que los policías no atienden. Los policías están ocupados con los robos de ganado, y una vaca vale más que una mujer”.
En y de: Eduardo Galeano, “Espejos. Una historia casi universal”, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008, Pag. 324.